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Cómo funciona el olfato

El camino de un olor: de la molécula a la corteza

3 min de lectura·Actualizado 23/08/2026

Dónde vive realmente el olfato

En lo alto de la cavidad nasal, casi bajo la base del cráneo, hay una pequeña zona de mucosa: el epitelio olfativo. Es modesto, unos pocos centímetros cuadrados, y ahí viven las neuronas olfativas.

Estas células son un caso raro en el cuerpo: las únicas neuronas en contacto directo con el mundo exterior. Un extremo asoma al moco y captura moléculas del aire que respiras; el otro atraviesa la lámina cribosa y entra directamente en el cerebro. Sin intermediarios.

De ahí viene la vulnerabilidad. Lo que está abierto al exterior se daña con facilidad: por un virus, por inflamación, por un golpe. Y de ahí viene también la capacidad de recuperarse, que tiene su propio artículo.

Por qué hay más olores que receptores

El ser humano tiene unos cuatrocientos tipos de receptores olfativos. Distinguimos órdenes de magnitud más olores que eso. El truco está en que un olor no es una señal, sino un acorde.

Una molécula de café no toca un receptor sino decenas, cada uno con distinta intensidad. El cerebro no recibe una «señal de café», sino un patrón de activación: este receptor respondió fuerte, aquel débil, este calla. La combinación única es el olor. Cuatrocientos tipos dan una combinatoria suficiente para toda la variedad del mundo.

Después las señales se agrupan en el bulbo olfativo, en estructuras llamadas glomérulos. Cada glomérulo recibe axones de neuronas de un mismo tipo: algo así como un pentagrama donde el olor está escrito como acorde.

Por qué el olor va directo a la emoción

Todos los demás sentidos envían su señal primero al tálamo —la sala de control del cerebro— y solo después sigue adelante. El olfato toma otra ruta: desde el bulbo la señal va directa a la corteza piriforme, y junto a ella están la amígdala y el hipocampo, es decir, las estructuras de la emoción y la memoria.

Esto es anatomía, no una metáfora poética. Por eso un olor puede sacar un recuerdo entero, con su ánimo y su escenario, antes de que hayas conseguido nombrarlo. Y por eso perder el olfato se lleva tan mal: no desaparece solo una «función», sino toda una capa de conexión con el mundo.

Qué se sigue de esto para el entrenamiento

Si un olor es un patrón que el cerebro reconoce y no la lectura de un sensor, la recuperación no atañe solo a la nariz. El entrenamiento olfativo trabaja en los dos extremos de la cadena: da a la periferia un motivo para regenerarse y al cerebro un motivo para volver a leer un patrón que llega distorsionado o débil.

De ahí una regla que si no parecería extraña: hay que oler de forma consciente, nombrando el olor y recordándolo. No se entrena una fosa nasal, sino el vínculo entre nariz, memoria y nombre.

Fuentes

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