Por qué la COVID-19 quita el olfato
El mecanismo de la anosmia y la parosmia tras la COVID
El virus no golpea a las neuronas
Durante mucho tiempo pareció obvio: si tras la COVID desaparece el olfato, el virus debe estar matando neuronas olfativas. Resultó que no.
En 2020 un grupo dirigido por David Brann analizó qué células del epitelio olfativo llevan realmente las proteínas que el SARS-CoV-2 usa para entrar en una célula, sobre todo el receptor ACE2. En las propias neuronas olfativas prácticamente no había. En cambio abundaban en las células de sostén —las sustentaculares— y en células vasculares y glandulares.
Es decir, el virus daña el entorno de la neurona, no la neurona. Las células de sostén mantienen el medio: conservan la capa de moco con la composición adecuada, nutren la neurona y sostienen los cilios donde están sus receptores. Cuando ese entorno se viene abajo, la neurona está intacta pero no puede trabajar.
La buena noticia de esta explicación: como las neuronas sobreviven, hay desde dónde recuperarse. La mala: los plazos dependen de varios procesos a la vez, no de uno.
Por qué vuelve el olfato
El epitelio olfativo es uno de los pocos tejidos nerviosos que se renuevan durante toda la vida. Contiene células basales que se dividen y maduran en neuronas olfativas nuevas que sustituyen a las perdidas.
Por eso a la mayoría de las personas el olfato le vuelve solo, en unas semanas tras la infección. Se reconstruye la capa de sostén, los cilios se recuperan, la señal vuelve a llegar.
Las dificultades empiezan cuando el daño alcanzó también a las neuronas y hay que recuperarse desde cero: hacer crecer la célula y volver a trazar su prolongación hasta el bulbo olfativo.
De dónde sale la parosmia
A una neurona nueva no le basta con crecer. Su axón tiene que llegar al bulbo y conectarse al glomérulo correcto: justo el lugar donde el cerebro espera ese componente del olor.
Cuando se recupera de golpe toda una población de células, algunas se conectan donde no toca. El cerebro recibe un estímulo físico conocido, pero llega por el cable equivocado. El café empieza a oler a goma quemada, la carne a podrido, el perfume favorito se vuelve insoportable. Eso es la parosmia: ni imaginación ni problema psicológico, sino un error de cableado.
Paradójicamente, la parosmia suele indicar que el proceso avanza: las células se recuperan, solo que de momento se conectan torcidas. Con el tiempo las conexiones se ordenan y las distorsiones se atenúan. Acelerar ese ordenamiento es justo la función del modo de diferenciación.
Qué esperar en cuanto a plazos
La respuesta prudente: para la mayoría, semanas; para algunos, meses; para unos pocos la recuperación queda incompleta. El entrenamiento olfativo no garantiza un resultado, pero mejora los desenlaces estadísticamente, y cuanto antes empiece, mayor es el efecto.
Una regla razonable: si el olfato no ha vuelto solo dos o tres semanas después de la infección, conviene empezar a entrenar y acudir a otorrinolaringología. La pérdida súbita sin congestión, la pérdida unilateral o la pérdida tras un golpe en la cabeza son motivos para ir al médico enseguida, no dentro de un mes.
Fuentes
- Brann D. H. y otros. Non-neuronal expression of SARS-CoV-2 entry genes in the olfactory system suggests mechanisms underlying COVID-19-associated anosmia. Science Advances, 2020. PubMed — el trabajo que mostró que la diana del virus son las células de sostén, no las neuronas.
- Whitcroft K. L. y otros. Position paper on olfactory dysfunction: 2023. Rhinology, 2023. PubMed — qué hacer ante la pérdida del olfato y cuándo acudir al médico.
